Necesitamos más ministros activos en la parroquia

La fiesta de la Ascensión del Señor que celebramos hoy nos llama a la misión. El ángel les dijo a los discípulos en nuestra primera lectura de hoy: “¿Qué hacen ahí, parados, mirando al cielo?” (Hechos 1,11). En otras palabras: “¡A trabajar!”

Con frecuencia se malinterpreta la Ascensión como si Jesús “se fuera”. Pero en realidad no se trata de ausencia, sino de una nueva forma de presencia. Jesús no se retira del mundo; entra más profundamente en él, ya no limitado por el tiempo ni por el espacio. Como dice en el Evangelio: “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.” (Mateo 28,20)

Entonces, ¿qué cambió? Antes de la Ascensión, los discípulos caminaban con Jesús. Después de la Ascensión, vivirían en Jesús—y Él en ellos. Su presencia física da paso a una presencia sacramental, mística y universal. Por medio del Espíritu Santo, Cristo se hace accesible a todo lugar, a toda persona y a todo momento. Por eso la Ascensión no es el final de la misión: es el comienzo de la misión de la Iglesia.

Jesús les da un mandato: “Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las naciones.” No les dice: “Esperen hasta sentirse listos”. No les dice: “Vayan cuando ya tengan todo resuelto”. Los envía tal como están—todavía confundidos, todavía frágiles, todavía aprendiendo. Eso debería darnos alivio, porque muchos de nosotros seguimos “parados mirando al cielo”. Esperamos claridad, fuerza, el momento perfecto. Miramos hacia arriba en la oración—pero a veces se nos olvida movernos hacia afuera en la misión.

Nuestra parroquia de la Sagrada Familia necesita más miembros activos para servir. Nuestra población en crecimiento exige más ministros. Para que tengamos una buena liturgia, se necesitan muchas manos. Lo único que hace falta son corazones abiertos y manos dispuestas. Donde hay voluntad, hay un camino.

La Ascensión nos enseña no solo a mantener los ojos levantados al cielo, sino también a mantener los pies bien firmes en la tierra. Creer en Cristo Ascendido no es escapar del mundo, sino comprometerse con él con esperanza. No podemos limitarnos a venir solo los domingos; también podemos ayudar en distintos ministerios: de hospitalidad, lectores, ministros extraordinarios de la Sagrada Eucaristía, coro, monaguillos, etc.

La Iglesia es el Cuerpo de Cristo en medio de nosotros, y nosotros somos sus miembros. No somos espectadores; somos participantes. Así que la pregunta de los ángeles se vuelve personal: ¿Por qué sigues ahí, parado, mirando al cielo? Hay trabajo por hacer. Hay un Evangelio que vivir. Hay una comunidad que construir. Y no estamos solos. Jesús está con nosotros hasta el fin de los tiempos.

¡Dios es bueno, todo el tiempo!

Padre Tony Udoh, MSP

Pastor de Holy Family