Lo que el perdón no significa

El perdón es una de las cosas más hermosas, pero a veces también una de las más difíciles, que Jesús nos pide. En el Evangelio, Pedro le pregunta a Jesús: “Señor, si mi hermano peca contra mí, ¿cuántas veces tendré que perdonarlo?”. Jesús responde: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”.

Pero ¿Qué significa realmente perdonar? A veces nos cuesta perdonar porque pensamos que el perdón exige fingir que no pasó nada. Perdonar no significa decir: “Lo que hiciste estuvo bien”. Perdonar no significa olvidar. Podemos recordar la herida, pero elegimos no utilizar ese recuerdo como arma de venganza. Perdonar no significa que no haya consecuencias. La justicia y el perdón pueden coexistir. Una persona quizá todavía deba responsabilizarse por sus actos. Perdonar no significa volver a confiar de inmediato. El perdón puede ofrecerse libremente, mientras que la confianza quizá tenga que reconstruirse con el tiempo.

Perdonar no significa permitir que alguien vuelva a hacernos daño. Establecer límites adecuados no es falta de perdón. Y, por último, perdonar no significa que el dolor desaparezca de inmediato. Podemos perdonar y seguir heridos. La sanación suele requerir tiempo y oración.

Si hay alguien a quien te cuesta perdonar, intenta esta sencilla práctica durante la semana. Primero, nombra la herida ante Dios. Cuéntale a Jesús con sinceridad lo que ocurrió y cómo te lastimó. No tienes que ocultarle tu enojo ni tu dolor. Segundo, ora por esa persona; no porque apruebes lo sucedido, sino porque eliges ponerla en las manos de Dios. Podrías orar sencillamente: “Jesús, pongo a esta persona en tus manos. Bendícela y sana mi corazón. Ayúdame a perdonar como Tú me has perdonado”. Tercero, cuando vuelva el recuerdo, evita recrearte en la ofensa. En lugar de revivir el dolor o hablar de esa persona, regresa a la misma oración.

Si es apropiado y seguro, da un primero paso hacia la paz: quizá una conversación, una llamada telefónica, una disculpa o simplemente la decisión de dejar de hablar negativamente de esa persona. El perdón muchas veces no ocurre en un solo momento dramático. Es una decisión que quizá tengamos que tomar repetidamente hasta que la herida ya no domine nuestro corazón. Perdonamos no porque la ofensa haya sido insignificante, sino porque Cristo nos ha perdonado.

Que la misericordia que recibimos de Cristo se convierta en la misericordia que ofrecemos a nuestras familias y a todas las personas que Dios pone en nuestra vida. ¡Dios es bueno, todo el tiempo!

Padre Tony Udoh, MSP

Pastor de Holy Family